Bajamos del vehículo con el sismógrafo de 24 canales, el mazo de 8 kilos y los geófonos verticales de 4.5 Hz que clavamos cada 5 metros sobre la calle de adoquín o el suelo duro de repetate que predomina en las laderas de Zacatecas. El tendido de cable sísmico se extiende 115 metros siguiendo el trazo donde el cliente necesita ver qué hay debajo: si la roca está sana, si hay fracturas rellenas de caliche o si el contacto entre toba y lutita se encuentra a la profundidad esperada. En esta ciudad, donde el casco histórico descansa sobre rellenos coloniales y las nuevas colonias trepan por cerros de roca volcánica alterada, la tomografía sísmica nos da una imagen continua del subsuelo sin necesidad de perforar en cada punto. Aplicamos el método de refracción para mapear la interfase suelo-roca y el de reflexión cuando necesitamos detectar estructuras más profundas o variaciones laterales que un sondeo aislado jamás captaría. El equipo registra 24 trazas por cada golpe, y el procesamiento en gabinete invierte los tiempos de arribo para construir un modelo 2D de velocidades que después correlacionamos con la geología local de la Sierra Madre Occidental. Para obra civil en Zacatecas, donde las excavaciones a menudo topan con bloques erráticos o cavernas en caliza, este estudio previene sorpresas que paralizan la maquinaria y disparan los costos del proyecto.
Una imagen sísmica bien procesada equivale a diez sondeos distribuidos inteligentemente, pero con la ventaja de ver la continuidad lateral de los estratos.
